La Navidad, fiesta cristiana, está íntimamente relacionada con el solsticio de invierno, antigua festividad pagana, en la cual era muy importante el fuego. En Bulgaria, el día de Noche Buena, el dueño de la casa es el encargado de encender el fuego y colocar un tronco en él llamado Badnik. En sucesivos artículos que iré escribiendo en mi blog, observaréis el protagonismo que tienen el tronco y el fuego en muchas regiones. Pues como os decía, este Barnik tiene que permanecer encendido toda la noche, no pudiendo apagarse. Cuantas más chispas salgan del tronco más bueno será el próximo año. El árbol de Navidad tampoco puede faltar en los hogares búlgaros. Suele ser un pino, y representa la naturaleza y la vida eterna. Siguiendo con la Noche Buena, en la cena, no puede haber carne, en cambio no pueden faltar en la mesa, ni el pan de trigo, ni el arroz, el maíz y las lentejas, las alubias y las verduras, ni los frutos secos ni la miel. (Los platos para la cena tienen que ser en número impar). Y por supuesto, tampoco puede faltar el buen vino.
Tienen mucha importancia esta noche las nueces. Se pone un montoncito de nueces en las cuatro esquinas del comedor para abrir la habitación a las cuatro direcciones del mundo…
Cada comensal debe romper obligatoriamente una nuez para tener suerte y prosperidad en el próximo año, a no ser que la nuez esté seca o vacía, en cuyo caso le espera un pésimo año.
A las doce en punto de la noche, todo el mundo debe pedir un deseo.
El día de Navidad, por la mañana, todo el mundo sale a las calles para bailar un baile típico: El Horo.
La cena de Navidad es más rica y se puede comer carne. La celebración de La Navidad se prolonga hasta el 27 de diciembre.
En Noche Vieja, celebran la entrada del Año Nuevo, brindando a las doce de la noche con vino o champagne, pero allí no es tradición comerse las uvas, allí comen un pastel hecho con hojaldre y queso blanco, llamado Banitsa, en el cual se coloca un papel con un deseo en cada porción, y a las doce se reparten las porciones.
El día uno del año, los niños adornan con cintas de colores unas ramitas y recitan poemas mientras acarician las espaldas de los vecinos con ellas, recibiendo regalos a cambio. Esta tradición se llama Survakane, y es muy esperada por la chiquillería búlgara.




